El camino, los ingleses. Nosotros también espera(ba)mos la lluvia en el verano.

El Camino de los ingleses es de ida y vuelta. Te lleva y te trae. Esa senda me condujo hace años a un caserón frente del bar en el que se reúnen los chavales de la película de Antonio Banderas. El bar conservaba el porte de vieja taberna, anterior a la invasión de la cocacola, el acero inoxidable, la televisión y la música estridente. En su terraza, los extranjeros –ingleses o no- pasaban las horas disfrutando del sol y una copa de vino. Desde el ventanal, afligido, varado, los observaba con envidia. Sí, sería agradable agarrar un libro y perder la mañana o la tarde sentado en las sillas de hierro, pero un raro pudor, el pánico al tiempo malgastado, lo impedía. Luego, volví por fin al camino y La Fonda del Sol pasó a engrosar la lista interminable de lugares en los que quise demorarme. Di por hecho que la burbuja inmobiliaria habría acabado con ella, como con tantos escenarios de mis recuerdos, hasta que Banderas me puso delante de los ojos esa hermosa metáfora de los anhelos perdidos, de la juventud marchita. Allí, en la pantalla, resistían el bar, la fachada encalada, las rejas verdes, sin que uno supiera con certeza si estaban en pie o era una más de las muchas mentiras del cine. Por una vez, no se trataba de un espejismo. Allí quedará para siempre, a salvo de especuladores y olvidos, la taberna. Como la lluvia, el verano, el Paraca, la Gorda de la Cala y los versos de Miguelito, que acaso fueron también los míos. Como ese camino que según la actriz puede ser un mundo entero y que uno recorre, a veces extraviado, a veces exultante, hacia cierto o ningún lugar para detenerse, buscar una mesa, abrir un libro y perder la mañana.

Está escrito

Quizás hace años le habría bastado un elogio a los macarrones, un poco de lectura tras el almuerzo, cualquier ironía sobre mi edad, para distraerme. Con bastante facilidad, yo mordería el anzuelo sin advertir su insistencia en consultar el reloj, en aparentar que duerme la siesta, en desear sigilosamente que el tiempo pase, que den las cinco, para colgar el traje y buscar unos vaqueros, una camisa, el jersey verde que le regalé en Reyes. «¿A quién se le habrá ocurrido organizar un curso a esta hora? Puede que vuelva tarde, ya sabes cómo son estas cosas…» Conozco bien el lugar donde el infeliz cree que lo esperan. Ha prometido llegar por detrás, poner su mano en la cintura del otro, pero le faltará valor. Se contentará con observarlo mientras reproduce, palabra por palabra, las frases que escriben cada noche, cuando mi marido se queda desvelado hasta las tantas y se apodera de mi nombre, mis fotos, mi ropa, mi perfume. A esa hora, el otro, sin embargo, estará en otra parte, contemplando las postales, seguro de que en breve unas manos, las mías, le taparán los ojos y una voz, la mía, susurrará su nombre. Me reconocerá, se dejará arrastrar al taxi, a una destartalada pensión en la que, hacia medianoche, al huir, la impostura me hará sentir culpable, ridícula. Quizás hace años habría sido más fácil encontrar una excusa: qué tarde hemos salido del cine, ya sabes cómo son mis amigas, no esperaba que terminaras tan pronto. Esta vez no. Sólo cruzamos una sonrisa, un gesto, antes de dejarme caer en el sillón, el mío, el más cercano a ese teléfono desde el que mañana una voz acariciará mis pezones, besará mi cuello, acariciará mi cuerpo hasta completar, palabra por palabra, el guión que otro escribió de madrugada.

Foto: mlook’s/www.flickr.com

Y al final de la peli…

Te regalo mi sol, mi luz, mi playa
Te comparto mi dicha y mi pesar
Te doy las llaves de mi casa y mi confianza
Te cocino y te llevo a pasear
Te regalo la sal de mis historias
Te comparto mi fuerza y mi debilidad
Te muestro el cielo al que también llamamos gloria
Te regalo mi voz, mi libertad
Solamente hay algo que yo me quedaría
Es la imagen de un santo que me cuida noche y día
Te regalo mis fotos preferidas
Te comparto mi humana condición
Te llevo más allá del límite y medida
Me convierto en tu amiga, la mejor
Te llevo más allá del límite y medida
Me convierto en tu amiga, la…
Solamente hay algo que yo me quedaría
Es la imagen de un santo que me cuida noche y día
Solamente hay algo que yo me quedaría
Y es la imagen de un santo que me cuida noche y día
Pero en mi playa, estará el sonido del mar para ti
Rompen las olas del mar

Ely Guerra
Mi playa

Las ciudades

Te quise amar y tu amor
no era fuego no era lumbre
las distancias apartan las ciudades
las ciudades destruyen las costumbres.
Te dije adiós y pediste que nunca
que nunca te olvidara
te dije adios y senti de tu amor
otra vez la puerta extraña.
Y mi alma completa
se me cubrió de hielo
y mi cuerpo entero
se llenó de frío
y estuve apunto de cambiar tu mundo
de cambiar tu mundo por el mundo mío.

José Alfredo Jiménez

Modorra: 5. f. Somnolencia, sopor profundo.

Les feuilles mortes se ramassent a la pelle,
Les souvenirs et les regrets aussi
Et le vent du nord les emporte
Dans la nuit froide de l’oubli.
Tu vois, je n’ai pas oublié
La chanson que tu me chantais.
C’est une chanson qui nous ressemble
Toi, tu m’aimais et je t’aimais
Et nous vivions tous deux ensemble
Toi qui m’aimais, moi qui t’aimais
Mais la vie sépare ceux qui s’aiment
Tout doucement, sans faire de bruit
Et la mer efface sur le sable
Les pas des amants désunis.
Jacques Prevert
Les feuilles mortes

Yo fui la amante del Che

La encontré sentada en el salón, cerca de la maleta.
Tantas horas de avión –dijo- me han dejado molida. ¿Sabes? Fidel es fascinante. Me localizó en Aman, en el salón de un peluquero libanés. Apenas si pude hacer el equipaje. Fidel envió al aeropuerto un coche americano. Al principio, dejé que hablara él. Con voz melosa fue abriendo su corazón pero, el muy ladino, evitaba referirse a Ernesto. Un mulato llegó con dos daiquiris. Es curioso: Ernesto nunca mencionó que al Comandante le gustaran ese tipo de bebida. Sólo Nasser elogió una vez los mojitos que Castro había preparado en la cumbre de Belgrado. Nos quedamos callados, sin mirarnos siquiera, como chiquillos.
Intentó desprenderse de uno de sus pendientes y continuó: De pronto, Fidel canturreó un bolero. He olvidado la letra pero era preciosa. Cuando acabó, quise hablarle de Ernesto. Debí hacerlo entonces porque después, sin soltarme la mano, él siguió recitando unos versos que… ¿Por dónde iba? Ah, sí. Y al volver de la ópera, Fidel me pidió que nos casáramos esa misma noche, en Venecia. Le respondí que amaba a Ernesto con toda mi alma. Él no se inmutó, sorbió un poco de te y entonó un aria de Puccini. Uf, no he pegado un ojo en toda la noche.
Le ayudé a quitarse el otro zarzillo. Lo depositó con cuidado sobre la mesa y apartó mi mano.
Quiero dormir… –insistió.
Mamá, van a venir a recogerte…
Se enfureció.
¿Por qué todo el mundo me lleva la contraria? ¡Ordené que cancelaran todos los compromisos! Ernesto vuelve hoy de Persia.
Los dos jóvenes que se hicieron cargo de ella no consiguieron calmarla. Antes de que subieran la camilla a la ambulancia, le aparté el pelo del rostro.
¡Esto es un abuso! –gritó. Ernesto vendrá enseguida a liberarme. ¡Yo fui la amante del Che!

Miguel Ángel (Muñoz)

«…De los once, posiblemente el mejor sea el más extenso, ‘Antón Chéjov, médico’, que es una cadena de homenajes, al maestro ruso, desde luego; pero también, en esas «rosas y amarillas blancas recién cogidas», por su hermana María, hay un guiño a uno de los mejores relatos que recuerdo de Carver, ‘Tres rosas amarillas’ (que da título a uno de sus libros), y que evoca la muerte del escritor. A mí me gusta mucho también ‘Unidos’, que es un bocado de realidad con una pareja duchándose y que tiene algo (y mucho) de Carver, y también ‘Zona de peaje’, con una resolución previsible y una ambigüedad última que le da un volantazo y lo salva. ‘El rapto de Woody Allen’ tiene un golpe de amor fou, salvaje y gastronómico, que le hace simpático, aunque suene a algo ya visto (hasta en el cine). ‘Soy dueño de la lluvia’, en cambio, parte de una idea acaso contaminada por el «realismo sucio» de los Carver y otros y acaba siendo resuelta la historia con fuerza y personalidad propias…»
Javier Goñi
Babelia-El País
11/11/06

¿Por qué a mi?

¿Por qué? ¿Por qué a mi? ¿Para qué? ¿Con qué intención? ¿Qué debo cambiar? ¿Qué he de aprender? ¿Qué conclusión necesitaré extraer? ¿Dónde me perdí? ¿A quién tendría que enviarlo? ¿En qué basurero lo arrojaré? ¿Sobre qué altar le buscaré acomodo? ¿Qué dirán mis enemigos? ¿Se tratará de una de esas cadenas que inició el Padre Noséquién en Colombia para buscar la ruina a cualquier abandonao?
¿Cómo salir del atolladero?

Miguel Pérez me envió este texto y no paro de hacerme preguntas…

Cómo ser un gran escritor

«Tienes que follarte a muchas mujeres bellas mujeres y escribir unos pocos poemas de amor decentes y no te preocupes por la edad y/o los nuevos talentos.
sólo toma más cerveza más y más cerveza. Ve al hipódromo por lo menos una vez a la semana y gana si es posible. aprender a ganar es difícil, cualquier idiota puede ser un buen perdedor.
y no olvides tu Brahms, tu Bach y tu cerveza. no te exijas.
duerme hasta el mediodía. evita las tarjetas de crédito o pagar cualquier cosa en término.
acuérdate de que no hay un pedazo de culo en este mundo que valga más de 50 dólares (en 1977).
y si tienes capacidad de amar ámate a ti mismo primero
pero siempre sé consciente de la posibilidad de la total derrota ya sea por buenas o malas razones.
un sabor temprano de la muerte no es necesariamente una mala cosa.
quédate afuera de las iglesias y los bares y los museos
y como las araña sé paciente, el tiempo es la cruz de todos.
más el exilio la derrota la traición toda esa basura.
quédate con la cerveza la cerveza es continua sangre.
una amante continua.
agarra una buena máquina de escribir y mientras los pasos van y vienen
más allá de tu ventana
dale duro a esa cosa dale duro.
haz de eso una pelea de peso pesado.
haz como el toro en la primer embestida.
y recuerda a los perros viejos,
que pelearon tan bien: Hemingway, Celine, Dostoievsky, Hamsun.
si crees que no se volvieron locos en habitaciones minúsculas como te está pasando
a ti ahora, sin mujeres sin comida sin esperanza…
entonces no estás listo toma más cerveza. hay tiempo. y si no hay está bien igual.

De un tal Bukowski, según parece